Opinión | Trump, Irán y América Latina

Estábamos en el prólogo de la Tercera Guerra Mundial, pero uno de los contendientes quizás haya capitulado antes de comenzar. Al final fue un éxito de la política exterior de Trump. Y lo admiten incluso voces demócratas, por supuesto aquellas con la capacidad de sortear la polarización de rigor, exacerbada a su vez por un impeachment y un año electoral.

La respuesta de Irán a la ejecución por parte de Estados Unidos de Qassem Soleimani —General, héroe de guerra, jefe de la Fuerza Quds de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica y miembro del gabinete— fue desproporcionada. Desproporcionada hacia abajo, esto es. Un ataque con misiles pour la galerie, planeado para no causar bajas y con mínimos daños físicos.

Una clara admisión de debilidad, acompañada por una invitación a no escalar. La cual fue aceptada por el Presidente, anunciando que no habiendo pérdida de vidas continuará con sanciones económicas. La vía diplomática sigue siendo posible, pero de la diplomacia dura.

Trump acaba de meter al régimen de los Ayatolas en una caja y exhibe la caja al mundo entero. Ya se sabía, desde luego, que Irán es débil en una confrontación convencional, pero no se sabía que dicha debilidad fuera tal. El asesinato de Soleimani termina haciéndolo explícito.

La ventaja comparativa de Irán reside en el accionar de sus milicias y grupos terroristas, células que operan bajo el paraguas de la Guardia Revolucionaria Islámica y cuya autoridad máxima era precisamente Soleimani. De Yemen a Líbano y de Siria a Bahréin, dichos grupos desestabilizan gobiernos y promueven conflictos sectarios.

Por supuesto también en Irak, donde Irán es un término fundamental de la ecuación de poder desde la invasión de Estados Unidos en 2003, apoyando a partidos islámicos chiítas y creando las milicias que han dominado el territorio desde entonces, las Fuerzas de Movilización Popular. Dichos grupos son responsables de una serie de ataques recientes a instalaciones y personal americano, incluido el ataque a la embajada en Bagdad de diciembre pasado.

Varios de los jefes de dichas unidades integran listados de terroristas por su accionar en el Oriente Medio y más allá. De hecho, no es infrecuente el asesinato de disidentes iraníes exiliados en Europa. En enero de 2019 los Países Bajos, Francia y Dinamarca acusaron al régimen de Teherán de planear y llevar adelante dichas operaciones. Aún así, el apaciguamiento es la opción preferida de la política exterior europea.

Si todo esto es corolario de una guerra innecesaria y mal concebida que derivó en la descomposición del Estado iraquí, la de 2003, la expansión del accionar de Irán hacia el otro lado del Atlántico tiene orígenes en el acuerdo nuclear de Obama y sus excesivas concesiones al régimen iraní. Me refiero a la truncada operación Cassandra.

Lanzada en 2008, era un proyecto de investigación de la DEA sobre las fuentes de financiamiento de Hezbollah. De acuerdo a la evidencia, la organización terrorista estaba recurriendo de manera creciente al narcotráfico y crímenes conexos para costear sus actividades. Grandes sumas de dinero habían sido lavadas en las Américas para luego terminar en las arcas de Hezbollah en Líbano. Durante las negociaciones del acuerdo nuclear con Irán, a la postre firmado en 2015, el gobierno de Obama estancó Cassandra.

La indulgencia de Obama permitió a Hezbollah hacer pie firme en América Latina. Los ilícitos prosperan con Estados fáciles de capturar, fronteras porosas y corrupción generalizada. Hoy sabemos que las platas del narcotráfico, la corrupción de la obra pública y el terrorismo se lavan en el mismo sitio. En Iquique, la Triple Frontera o Sinaloa, entre otros sitios activos, los expertos en seguridad certifican que Hezbollah llegó a la región para quedarse.

En Argentina ya estaba desde bastante antes, el atentado a la AMIA en 1994 lo evidencia. En el expediente judicial de dicho ataque terrorista se puede buscar el nombre de Qassem Soleimani, la cadena de mando de la redes terroristas terminaba en su escritorio. Y ello desde hace al menos 25 años.

En ningún lugar del hemisferio la penetración del terrorismo internacional ha llegado tan alto en la estructura del Estado como en Venezuela. Alcanza con recordar la emisión de diez mil pasaportes en el consulado venezolano en Damasco, entre 2008 y 2009, y que terminaron en manos de Hezbollah, justamente. El Ministro del Interior, autoridad a cargo de la emisión de documentos de identidad, era Tareck El Aissami. Allí los aliados internacionales de la narco-dictadura venezolana.

Volviendo a lo actual, al final sí hubo pérdidas de vida, un avión comercial derribado con 176 víctimas. Ante la acumulación de evidencia, y las acusaciones del Primer Ministro canadiense, Teherán tuvo que reconocer su responsabilidad, aclarando que fue por error. Ahora el problema adicional es creerles. El régimen iraní tiene una larga trayectoria en esto de matar gente inocente.